miércoles, 6 de abril de 2011

Lo casi desapercibido: Fecha 12

El primer acto deplorable que me tocó ver en el fútbol, fue aquella agresión del argentino Cristian Zermatten al juez central Felipe Ramos Rizo, cuando el entonces universitario le propinó un duró cabezazo en la nariz al que hoy en día es un analista arbitral destacado dentro de la cadena de deportes ESPN.

Recuerdo haber pensado ¿Qué es lo que lleva a los deportistas a llegar a un grado de impotencia tal, que se olviden de las consecuencias para satisfacer solamente su sed de venganza?; ¿será coraje?, ¿será búsqueda de justicia?, ¿adrenalina?... realmente, la justificación que se emplea es ‘la calentura del partido provocó que yo me comportara así, pero soy un buen ser’. Al hacer esta declaración, los futbolistas dejan de lado la ley de la sabiduría, la cual, en este contexto, dictaría que en los momentos más tensos, la serenidad debe prevalecer, y para ser conservada, puede ser visto todo como una prueba de fuego, o también se puede tener haciendo una obra de fe, como otorgar el perdón a quien te cause cierta molestia dentro de una competencia. Algunos, como mecanismo de defensa, suelen utilizar la lástima, cosa sutil, pero infantil.

El viernes pasado, el delantero Ulises Mendivil Armenta de Necaxa, realizó una barbaridad digna de un cerdo: le escupió a Héctor Reynoso, defensa y capitán de Chivas. Me disculparán si ofendí a alguien llamando ‘cerdo’ a Mendivil, pero realmente me cuesta ponerle un adjetivo diferente, y si lo cambiara, sería por una obscenidad.

Estos actos de escasa profesionalidad, no son raros en el fútbol mexicano. Tan sólo un día después observamos a Carlos Darwin Quintero golpear a un oponente. El detalle es la provocación. Señores, no nos engañemos, la cabeza fría debe perdurar 90 minutos, en tiempos extras, penales, victorias y derrotas. A eso también se le llama humildad, porque si se ha de dar una cachetada, debe ser con guante blanco.

Marranada de Mendivil, salvajada de Quintero, berrinches eternos, provocaciones constantes. Yo sólo quiero decir, ¡Basta de lloriquear con los árbitros!, porque apuesto a que ni así acusaban a sus hermanos de la forma tan poco competente como la demostrada ahora. Oídos sordos, juego bonito… les propongo ese lema, puede dejar mucho que pensar.

  © Diseño Web por kA Design y Ourblogtemplates.com 2010

Ir al INICIO