Ser aficionado a un equipo es como enamorarse. Los más puristas dicen que para ser buen aficionado tienes que estar con tu equipo a muerte... los divorcios están prohibidos.
Yo no estoy de acuerdo. Así como en el matrimonio, cuando uno decide que la mujer a su lado es la indicada, idealmente es porque ha pasado por una serie de filtros, meticulosos análisis y razonamientos que han arrojado como resultado que ella es precisamente la persona con la que quieres estar toda tu vida.
De la misma manera, así como no puedes elegir a tu esposa a los 5 años, tampoco lo puedes hacer con tu equipo de fútbol...suena ilógico. A menos que vivieras en Medio Oriente y estuvieras apalabrado desde que naciste para que tu familia pudiera adueñarse de las tierras de tu prometida, sería poco saludable que a un niño le dijeran toda su vida: “Tu te vas a casar con Karlita, la hija del compadre.”
El amor y el fútbol tienen muchas cosas en común. Cuántas veces no nos hemos enamorado de la chava que “está de moda”. Sí, aquella niña nueva del salón cuyos padres se acaban de mudar a la colonia o la nueva chica de la recepción en la oficina. De pronto, todos resultan querer estar al rededor de ese halo de popularidad y comienzan a salirle aficionados por doquier.
Este fenómeno es el pan de cada día de los fanáticos del fútbol, y si no me creen recuerden como en el año de 2004 los aficionados Pumas se multiplicaron como gremlins en tepetongo. Es natural, un equipo ganador atrae a nuevos, indecisos o desesperados aficionados porque en el fútbol hay algo que nunca cambia, independientemente si eres niño o adulto: Quieres que tu equipo gane. Yo a los 7 años estaba tan harto de ver a mi Cruz Azul perder que decidí que ahora le iba a ir al equipo de moda: El Necaxa. Si, aquellos Rayos que (estaban muy lejos del descenso en esos tiempos) derrotaron a la máquina en la final del 95 y un año después de haberlos elegido como mis predilectos resultaban bicampeones de los últimos torneos largos que se jugaron en la liga de la mano de Manolo Lapuente.
El resultado: me enamoré. Alex Aguinaga y el “Ratón” Zárate se convirtieron en mis ídolos y disfrutaba interpretarlos durante las cascaritas después de la escuela. Todo era miel sobre hojuelas entre mi equipo y yo, a tal grado que busqué enlistarme en sus filas cuando todavía entrenaban en aquellos campos de Cuatitlán Izcalli. Era un niño de 8 años, amante del fútbol que se encontraba en la perfecta comunión con su escuadra preferida.
Sin embargo algo faltaba. Aunque el rojiblanco me sentaba bien y me regodeaba en las victorias, en la derrota no me sentía tan necaxista. Yo les pregunto ¿Se vale divorciarse del equipo al que le has jurado amor eterno? Conozco un par de aficionados al buen fútbol que han perdido todo interés en la liga mexicana porque su equipo sigue ganando subcampeonatos al por mayor.
¿Hasta qué punto se puede soportar a un equipo que no logra obtener triunfos? ¿Es una obligación del aficionado llenar los estadios cuándo el panorama pinta que el equipo nunca va a trascender? Tengo mis dudas...
CONTINUARÁ
