Por supuesto que nací mucho después del América que lograra cinco título en los años 80’s. No viví el primer gol en el estadio azteca en la portería norte que marcara Arlindo, tampoco viví la época del capitán furia y mucho menos la de Carlos Reinoso como jugador en América. Sin embargo, los tiempos de un equipo son los tiempos perpetuos de un hincha. Ganamos, perdimos o empatamos siempre serán las palabras de un verdadero fanático después de un domingo de gloria o una triste jornada sin día de resurrección.
No es casualidad que los tiempos personales coincidan exactamente con cada minuto y cada segundo de un partido. Tampoco es casualidad ser fiel a los colores de una playera, como se es fiel a un rito religioso en día sagrado.
El día que comencé a ser un verdadero aficionado acepté el contrato no verbal e implícito de apoyar al equipo, en el campeonato o el descenso. Ese día que elegí el futbol como más que un convencionalismo, comencé a vivir a través de un balón. Fuera de las influencias familiares, el américa había sido parte integral en mi vida y mi formación ¿Cómo no elegir al equipo del cual se desprendían tantas historias fantásticas? Como niño no se tiene la suficiente coherencia para estudiar fehacientemente los pros y contras de un equipo, sin embargo hay algo que llama y resulta todo un misterio, y el corazón necesita la comprobación necesaria que se dio la primera vez que pisé el imponente estadio Azteca. Corrían los últimos años de la década de los 90’s y el América se enfrentaba de local al León. El América jugaba aún con la majestuosidad de los 80’s y la táctica de los 60’s, era ese equipo que todavía poseía a Ramón Ramírez, a la joven promesa Cuauhtémoc Blanco, los últimos años de Oman Biyik y que todavía vestía la marca Adidas. Era un equipo grande pero sencillo, bien ordenado, imponente, disciplinado y a pesar de no haber conquistado el título desde el año ’89, siempre llegaba a las últimas instancias del torneo local. Durante el primer tiempo que el balón cruzó la red no tuve ninguna otra duda, la majestuosidad del gol, el estruendo del estadio y el ensordecedor grito de gol fueron prueba suficiente y necesaria para pintar mi corazón de amarillo y azul.
Tiempo después llegarían los campeonatos de 2002 y 2005, el primero acabando 13 años de sequía del campeonato. Así es como me gusta recordar al América, al de esos viejos tiempos, al que encaraba y se vanagloriaba de las victorias. Cierto que poco me ha tocado de esas épocas triunfadoras del club azul-crema. La crisis que experimenta el americanismo ha tocado fondo, y a pesar de todo, mi corazón sigue azul y amarillo. No es claro lo que pasará con el club, y mucho menos lo que pasará con el torneo. Sin embargo, estoy seguro que mi pasión seguirá igual. Fiel al desplegado de la monumental domingo con domingo en el estadio Azteca: “América, gracias por tantas alegrías”. Las leyendas llegan para vivir por siempre en el corazón de los fanáticos, y es precisamente lo que debe pesar más en estos momentos en el América: la genialidad de Roca, el talento natural de Panchito Hernández, la majestuosidad de Zague padre e hijo, la garra de Tena, el vicio de gol de Biyik y tantas pero tantas leyendas con las que cuenta el club. Del pasado no se vive, pero es el pasado lo que le da grandeza a un club. Dejen de lado los aparadores de trofeos, las medallas, los títulos conseguidos, la imponencia de un club se mide en calidad de los hinchas que posee. Es tiempo de gritar una vez más con el estadio “Vamos América”, es tiempo de volver a creer e ilusionarse como en cada fiesta religiosa. Es tiempo de volver y sentir de nueva cuenta ese americanismo que nunca ha dejado mi corazón. A pesar de todo lo que me digan, de todas las estadísticas y de todos los puntos en contra, mi corazón seguirá del mismo color, ya sea por la convicción propia o el amor a la camiseta, el corazón late igual. Bien lo decía Carlos Monsiváis “negarse a cambiar de pasiones futboleras es negarse a nacer de nuevo”, a pesar de todo americanista y así continuaré, hasta que mi tiempo personal expire, pero mi alma siga asistiendo con suma religiosidad al campo, desde el cual la alegría se combinó con los sueños.
