La capacidad de asombro es algo que se ha perdido a lo largo de los siglos. Lo que a los hombres de las cavernas causaba asombro hoy se ve con la naturalidad que sólo se puede concebir a la antipatía y progreso tecnológico del ser humano. Dentro de este mundo tan lleno de cosas negativas, asombrarse es simplemente un milagro. Sin embargo, y en contadas ocasiones, el milagro existe y está tan cerca como patear un balón de futbol. Este fin de semana pude recordar por qué es que el futbol rige gran parte de mi vida: la capacidad de asombro que todavía posee. Durante estos días confirmé, que pocas cosas son tan hermosas como observar el drible perfecto para quitarse a tres defensas y mandar “la de gajos” al fondo de la red. En verdad, poco hay en el mundo tan sorprendente y versátil como lo es este gran y maravilloso juego.
Tras toda la mediocridad que el futbol mexicano había acumulado a lo largo de ya muchos años, una leve luz de esperanza brilló en el horizonte deportivo. Raro es cuando se clasifica algún partido con la calidad de “excelso” cuando no hay un ganador visible (claro está que la excepción confirma la regla con el llamado juego del siglo durante el mundial de México ’70 entre Alemania e Italia que tuvo que ser decidido mediante los penales) y es que Cruz Azul y Pumas dieron una lección magnánime de cómo, un pequeño pedazo de cuero (plástico en nuestros días) puede ser utilizado para transformar los más trivial, en una de las expresiones más altas de arte que el hombre puede llegar a ver. Seis goles durante 90 minutos más el agregado, y todo fue un verdadero espectáculo de principio a fin. Incluso los pequeños errores de ambas escuadras acrecentaron el nivel de emoción a tales magnitudes que era difícil no contener la respiración y sentir el latido del corazón cada vez que el esférico se acercaba al área rival.
Tras esas altas demostraciones de agilidad, habilidad y arte, me atrevo a decir que el mundo es redondo porque imita la forma de un balón de futbol. Ese deporte que es capaz de reinventarse en cada juego, aquel del cual sólo se puede especular. Juan Villoro exclama que la inexplicabilidad del futbol es lo que más nos llama la atención. Yo diría que es ese factor lo que te vuelve a enamorar partido con partido, jugada con jugada. Incluso en ligas de futbol en desarrollo como la mexicana, donde uno cree que la mediocridad puede durar todo el torneo, exhibiciones como las del día sábado hacen que reafirme mi amor por este deporte.
No me atrevo a contradecir a aquellos quienes aseguran que el futbol da sentido a su vida, porque comparto su punto de vista. Hoy puedo encontrar relación entre toda mi vida y el futbol. La vida rueda porque así lo hace un balón, sufres caídas pero de vez en cuando se te concede un penal, mientras más cerca veas la meta en tus objetivos es porque seguramente habrás driblado el balón fuera del alcance de los obstáculos. Finalmente y después de este escrito que para cualquier estudiante de literatura puede caer en el rubro de lo “romántico” puedo decir con toda certeza, que la mejor catarsis que cualquier humano puede tener, es el grito desgarrador de un gol en la tribuna, el parque, la casa, escuela, llano o en cualquier lugar donde pueda ser rodado un balón.
